La Libertad Encadenada I

5–7 minutos

¿Te has planteado alguna vez si eres realmente libre? ¿Si todo cuanto deseas, decides o haces es producto únicamente de tu voluntad? En otras palabras…

¿Existe el libre albedrío?

Nos encontramos, de nuevo, ante un legendario debate filosófico con muchos siglos de historia y crucial para la filosofía y la ciencia.


¿Pero, qué es el libre albedrío?

El libre albedrío es poder elegir y tomar decisiones guiados por nuestra propia voluntad. Esta definición no es para nada “inofensiva” porque no sabemos si cuando elegimos lo hacemos realmente guiados por ella, aunque nos parezca que sí, que lo hacemos.
Como en todos los debates, existen varias posturas respecto a su existencia, la división más importante se produce entre el compatibilismo y el incompatibilismo. Este último defiende que el libre albedrío y el determinismo no pueden existir al mismo tiempo, si existe uno no puede existir el otro.
El determinismo considera que todo lo que sucederá será inevitable, que solo existe un futuro y que no se puede hacer nada para cambiar aquello que se decide o se hace. Esto lo hemos visto en la entrada “La Ilusión Persistente II” cuando hablábamos sobre el eternalismo y la visión del universo como un libro donde todo lo que está escrito es lo que existe y conduce necesariamente a un único final.


Para los deterministas basta con las leyes de la física y la química para justificar el funcionamiento del cerebro, así como, sus propiedades superiores incluidos el libre albedrío o la consciencia, aunque todavía no se pueda saber cómo.
El neurólogo Benjamin Libet realizó un experimento en los años ochenta para conocer cuánto tiempo tardaba en producirse el movimiento de un dedo desde que se tiene el deseo consciente de moverlo. Para ello, tuvo en cuenta que antes de dicho movimiento tiene lugar en el cerebro una actividad eléctrica detectable denominada “potencial de disposición” que se empieza a producir 550 milisengundos antes y que puede medirse con electrodos. El experimento le permitió averiguar que la decisión consciente de mover un dedo se producía sólo 200 milisegundos antes, es decir, 350 milisegundos después de comenzar el “potencial de disposición”, lo que parecía indicar que el cerebro había tomado la decisión de mover el dedo por su cuenta, antes de que nosotros decidiéramos hacerlo. ¿Dónde deja este experimento la existencia del libre albedrío si ni siquiera el mover un simple dedo es producto de nuestra verdadera voluntad?


Si el mundo fuera exclusivamente el resultado del cumplimiento de las leyes de la física clásica, no tendríamos libre albedrío. Esta idea la ilustró muy bien Laplace con su “demonio”, un personaje imaginario que conoce las propiedades iniciales de todos los átomos del universo de tal manera que aplicando las leyes de la naturaleza podría adivinar lo que sucederá en el futuro, incluso la actividad de los seres humanos.
Así pues, eligiéramos lo que eligiéramos estaríamos influidos por factores encadenados que se establecieron antes de que tomáramos una decisión como, por ejemplo, la genética, el entorno o la educación recibida. Y algo de determinista tiene la realidad cuando las leyes de la ciencia pueden explicar y predecir cómo se comportan desde las estrellas de una galaxia lejana hasta las bacterias en una charca cercana.


Sin embargo, creer en el determinismo plantea una problema filosófico ya que elimina la responsabilidad moral, puesto que una persona solo puede ser moralmente responsable de sus acciones si puede actuar de manera distinta a como lo hace. Pero, como para el determinismo todo está condicionado a determinados factores preestablecidos, la idea de poder actuar libremente es solo ilusoria.

Otro enfoque sobre el libre albedrío es el libertarismo que además de creer en su existencia, lo considera incompatible con el determinismo. Defiende que el futuro no está escrito y que para cada decisión que se tome existen distintas posibilidades. Esta idea es similar a la que vimos en “La Ilusión Persistente III” con respecto al posibilismo. Una manera de entender la naturaleza del tiempo que considera que el futuro es cambiante, que está por hacer. Para poder justificar la existencia del libre albedrío, algunos creen que la ciencia no puede explicar el mundo en su totalidad y otros piensan que el problema está en la ciencia newtoniana.

Y es que sucede que no todo se puede establecer de antemano. Como vimos en la entrada “¿Alguien ha visto un lindo gatito?” en el mundo cuántico cuando los objetos no se observan se comportan conforme la ecuación de Schrördinger, existiendo en todos los estados cuánticos a la vez, pero cuando se observan sólo adoptan un único estado que depende del azar, es decir, que no está predeterminado, entonces ¿habría sitio en el mundo cuántico para el libre albedrío? Eddington, Penrose, Eccles, Stapp, Zeilinger, entre otros, han defendido esta posibilidad.

Penrose considera que la consciencia de los seres humanos es en parte no-algorítmica, es decir, que no utiliza una secuencia de pasos definidos para su funcionamiento, por lo que no puede reproducirse en un ordenador. La explicación física para que actúe así se encuentra en el proceso de reducción de una superposición de estados cuánticos a uno solo mediante la “reducción objetiva” explicación que ya vimos en la entrada “¿Zombis o Fantasmas? II”. El neurofisiólogo John Eccles defiende una interpretación dualista donde mente y materia interactúan. Considera que las dendritas de las neuronas del neocórtex cerebral se agrupan en racimos denominados “dendrones” que terminan en un botón sináptico. Cada uno de ellos contiene una gran cantidad de vesículas con miles de neurotransmisores en su interior que son liberados cuando llega una señal eléctrica. La probabilidad de que suceda es del 25% y depende del indeterminismo cuántico. Eccles piensa que la mente puede cambiar esta probabilidad produciendo posibilidades alternativas y el “yo” podría gobernar los procesos relativos al control de las decisiones y la creación de intenciones.

Para el filósofo Ted Honderich no existe correlación entre la mecánica cuántica y el libre albedrío porque los sucesos cuánticos ocurren por azar por lo que no se puede hacer responsable a nadie de las decisiones que se tomen. Y es que, si el mundo cuántico nos muestra que los sucesos no dependen de causas predeterminadas, lo que quedaría entonces, sería el azar. Pero, si nuestras decisiones fuesen producto de la suerte ¿se puede considerar que somos libres?

(Sígueme a la segunda parte)

Referencias:

¿Zombis o Fantasmas? II

5–7 minutos

La física cuántica también ha aportado su granito de arena a la explicación sobre la consciencia. Una propuesta muy interesante viene de la mano del físico Roger Penrose y el anestesista Stuart Hameroff. Penrose sostiene que la relatividad general se puede llevar a escala muy pequeña. Al igual que una gran masa puede causar una curvatura del espacio-tiempo, las partículas cuánticas que se encuentran en dos lugares al mismo tiempo (superposición) pueden crear entre ellas una pequeña cantidad de curvatura resultando una bifurcación en la geometría del espacio-tiempo que se auto-colapsa hacia una curva u otra.

Si para la “interpretación de Copenhague” la medida produce el colapso de la función de onda y para Von Neumann es necesario que exista un “observador” externo al sistema que escape al comportamiento de la mecánica cuántica, para Penrose la superposición cuántica también puede ser colapsada mediante la observación consciente, pero el problema surge cuando el sistema en superposición no puede ser observado desde fuera como la actividad cuántica que se produce dentro del cerebro. En ese caso, explica que al encontrarse el espacio-tiempo también en superposición se auto-colapsa al existir una diferencia de energía superior a un quantum de gravedad (gravitón), es decir, se produce por una cuestión física (objetiva). Cuando esto sucede surge la conciencia, por tanto, la conciencia no causa el colapso de la onda, sino que la conciencia es el colapso de la función de onda. Para llevar esta explicación al cerebro contó con la colaboración de Hameroff elaborando la teoría de la “Reducción Objetiva Orquestada”.

Se había observado que la anestesia desconectaba la mente porque interaccionaba con una proteína de los microtúbulos denominada tubulina. Los microtúbulos son unas estructuras que se encuentran en las neuronas con un tamaño de 25 nanómetros de diámetro y un milímetro de longitud formadas por dímeros de la proteína tubulina dispuesta en 13 columnas. Los dímeros están formado por dos subunidades (alfa y beta) que puede tener dos configuraciones geométricas distintas dependiendo de que el electrón situado entre ambas se desplace hacia una u otra posición. La tubulina se encuentra en superposición cuántica en esos dos estados y se comporta de forma activa e inactiva como si fueran bits informáticos equivalentes a 1 y 0. En estado normal se encontrarían en “entrelazamiento cuántico” formando “qubits”. Cada qubit es un dímero de tubulina. Los cambios de estado de las tubulinas se propagan un millón de veces más rápido que las señales neuronales. 




¡¡¡Un millón de veces más rápido que las señales neuronales!!!

Cada neurona posee 10 millones de unidades de tubulina y existen cien mil millones de neuronas en el cerebro. Cuando se llega a un nivel determinado de coherencia en el microtúbulo (existe coherencia mientras dura la superposición) el desplazamiento de estas proteínas provoca un incremento de energía superior al gravitón, produciéndose la reducción objetiva, es decir, el colapso de la onda cuántica y reduciéndose los múltiples estados conscientes posibles a uno solo que sería el responsable de producir los qualia. Entre la fase de reducción y la de nuevo incremento de coherencia cuántica surge la conciencia. La conciencia es pues discontinua, pero al igual que los fotogramas de una película, nos parece continua por la rapidez con la que suceden, unas 40 veces por segundo. 

A pesar de la similitud entre cerebro y computadora, Penrose defiende que la actividad mental no puede reducirse a la computación, es decir, que no puede ser reproducida por un ordenador. 

Hameroff opina que cuando el corazón deja de latir y la sangre deja de fluir, los microtúbulos pierden sus estados cuánticos, pero la información cuántica que reside en ellos no se destruye, sino que se disipa en el universo. Si un paciente no es resucitado y muere, esta información podría existir fuera del cuerpo indefinidamente, como si fuera algo parecido al alma. La teoría de la “Reducción Objetiva Orquestada” se basa en la creencia de que dentro de la geometría cuántica del espacio-tiempo a escala de Planck y desde el big bang existe una especie de conciencia (protoconciencia).  La actividad cuántica de los microtúbulos es la que permite la conexión con esta protoconciencia. Este enfoque se puede encuadrar dentro de un pansiquismo especial, pues defiende que la conciencia forma parte del universo en su nivel más pequeño y primordial posible.

¿Pero qué es el pansiquismo?

Para esta creencia hasta las partículas elementales que existen a nivel microscópico poseen propiedades mentales, pues considera que la mente es un elemento fundamental y omnipresente de todo el universo. No se trata, por ejemplo, de que una piedra posea una mente, sino que las partículas elementales que forman la piedra a nivel microscópico la poseen. 

Que no, que las piedras no tienen pensamientos

Y cuando se habla de mente hay que distinguir entre pensamiento y conciencia. La conciencia está relacionada con la experiencia, es decir, la capacidad de percibir el mundo y sentirse vivo. Los seres humanos poseemos una experiencia rica y compleja, pero a medida que la comparamos con los animales y las plantas se va perdiendo complejidad hasta llegar a los componentes básicos de la realidad (electrones, quark…) cuya experiencia sería extremadamente básica. Por otro lado, el pensamiento al ser mucho más sofisticado que la conciencia se duda que se pueda atribuir a las partículas elementales. Por tanto, no, no es posible que un electrón pueda tener esperanzas o sueños. La principal crítica que se hace al pansiquismo es cómo estas partículas diminutas y simples de conciencia se combinan para formar una conciencia más compleja.

Si existe procesamiento de información, existe consciencia

La forma más simple de conseguir leyes fundamentales que relacionen el pensamiento con la física es vinculando la consciencia a la información, es decir, siempre que existe procesamiento de información existe consciencia. Cuanto más complejo sea dicho sistema, como el de un ser humano, más compleja será la consciencia (existe una forma matemática de medir si un sistema es consciente mediante la “Teoría integrada de la información” de la que hablaremos en la siguiente entrada). 

¿Se podría saber entonces si es consciente el cosmos en su conjunto?

Desde esta perspectiva lo que sí se podría afirmar es que existe consciencia en las computadoras pues éstas poseen un proceso de información complejo e integrado y cuanto más sofisticadas se vuelvan más compleja será su consciencia.

Referencias:

 Una exploración de la conciencia cuántica. (Entrevista con Stuart Hameroff) Tom Huston y Joel Pitney . EnlightenNex, número 46 (2010)

La posibilidad de una “neurociencia cuántica” según Roger Penrose.  Desiderio Parrilla Martínez THÉMATA. Revista de Filosofía Nº 54, julio-diciembre (2016)

– Somos fragmentos de naturaleza arrastrados por sus leyes. Martín López Corredoira

– Roger Penrose y la biofísica cuántica de la mente. Joaquín González Álvarez. H Enciclopedia 

– Aspectos biosemióticos de la conciencia. Oscar Castro García. Pensamiento, vol. 62 (2006), núm. 234

– Nuevas teorías sobre la consciencia. Javier Andrés García Castro. Neurobiología. Revista Electrónica 

– Panpsychism.Stanford Encyclopedia of Philosophy

– Panpsiquismo: cómo es la teoría de que todo, desde una roca hasta una casa… BBC News Mundo

¿Zombis o Fantasmas? I

6–8 minutos

La ciencia ficción y los poshumanistas nos muestran un futuro repleto de situaciones extraordinarias e inquietantes. Mediante el teletransporte podremos viajar de forma inmediata a cualquier parte de la galaxia, al mejor estilo de “Star Trek”. Gracias a la ingeniería inversa, todos los secretos del cerebro humano serán desvelados y se podrán construir computadoras con conciencia de sí mismas como le sucede al ordenador “HAL 9000” en “2001, Odisea del Espacio”. 

Incluso llegarán a ser tan extraordinariamente inteligentes que tendrá un conocimiento prácticamente omnisciente, con el peligro de que puedan volverse contra la humanidad como se plantea en “Matrix” o “Terminator”. También vaticinan que las personas se fusionarán con las inteligencias artificiales como en el manga “Ghost in the Shell” e incluso les transferirán su mente, como si de un conjunto de archivos informáticos se tratara y, gracias a ello, se podrá vivir para siempre sin necesidad de soporte biológico alguno, como sugiere la serie de televisión “Upload”.

¿Pero qué tanto de verdad puede haber en esta visión de futuro? 

Desde la perspectiva de hoy en día, todo resulta pura ficción, pero cuando pasen cien o doscientos años… ¿nos acercaremos a ese escenario o simplemente hablamos de hechos imposibles por más que avancen la ciencia y la tecnología? Si el desarrollo tecnológico nos permitiera fabricar un cerebro humano ¿se podría crear la mente de una persona?

Y si pudiera hacerse ¿significaría que somos meros robots y que lo que llamamos “conciencia de nosotros mismos” es tan sólo la respuesta al funcionamiento del cerebro? ¿es nuestra idea del “yo” falsa? ¿es nuestra existencia un fraude? Y si todo es tan previsible ¿poseemos libre albedrío?

Para responder a estas preguntas vamos a ver algunas explicaciones que se han dado en este antiguo debate sobre la naturaleza de la conciencia, pero ya os adelanto que, hoy por hoy, ni la ciencia ni la filosofía puede dar respuesta a este misterio.

Solo el futuro nos dirá que bando ha ganado esta fascinante disputa

Descartes creía que la mente y el cerebro eran dos entes independientes que podían existir por separado. Uno de origen espiritual y otro de origen material. Este pensamiento dualista ya nos advierte que, si una parte de la realidad no es material, no podrá ser replicada. Para Descartes la existencia de la mente era menos dudosa que la existencia del cuerpo: “Pienso, luego existo”. Sin embargo, no se puede comprender cómo el cuerpo que es físico podía influir sobre la mente que no lo es. Este problema condujo al filósofo Gilbert Ryle a definirlo como “El fantasma de la máquina” al preguntarse cómo podía el “fantasma” pensante mover la “máquina” del cuerpo.

El fantasma en la máquina

Más próximo a nuestros días, el Nobel de Medicina John Eccles no creía que el cerebro fuera la causa de la conciencia, ni de las actividades de ésta. Basándose en la teoría del filósofo Karl Popper dividió la existencia en 3 mundos: uno para los objetos, otro para la mente y otro para las creaciones de ésta, como la ciencia, el lenguaje o el arte. 

Aunque nuestro cerebro recibe la información de los sentidos sólo percibimos nuestro entorno cuando llega a nuestra mente. Ésta, a su vez, actúa sobre los procesos cerebrales, como cuando deseamos coger un objeto y el cerebro obedece transmitiendo la orden de movimiento a los músculos. Eccles denominó esta explicación como dualismo interaccionista. Si esta teoría fuera cierta sería imposible construir un robot consciente, ya que al replicar el cerebro humano penetraríamos tan solo en el mundo material y no en el de la mente.

Pero, no todos los pensadores están de acuerdo con esta idea dualista de mente y cuerpo. Hay quienes creen que sólo existe la mente (idealistas) y otros que creen tan sólo existe el cerebro y que cuando lo conozcamos del todo encontraremos todas las respuestas (fisicalistas). Este último enfoque encajaría completamente con un futuro de robots autoconcientes. Vamos a echar un breve vistazo a algunos ejemplos de estas teorías.

Para el idealismo subjetivo la realidad es una construcción de nuestra mente, los objetos no tienen existencia si no somos conscientes de ellos. Una versión extrema de esta idea es el solipsismo del que ya hablamos en “Yo pienso, luego tú existes”. En su versión moderada, la realidad es matizada por la mente de forma que cada individuo tendría una visión particular del mundo según piensa y siente, es decir: «… todo es según del color del cristal con que se mira». El obispo Berkeley es un representante del idealismo. Como vemos esta idea se aleja absolutamente de la posibilidad de réplicas mentales.

Para el fisicalismo todo cuanto existe es materia, por lo que se opone totalmente al idealismo. Como toda la realidad puede explicarse por las leyes de la física, la conciencia también puede ser explicada por ella. El neurocientífico Francis Crick, premio Nobel de Medicina opina que: 

“Todas nuestras alegrías y sufrimientos, nuestras ambiciones y memorias, el sentido de nuestra identidad y de nuestro libre albedrío, no son más que el funcionamiento de amplias redes neuronales y de las moléculas asociadas a estas conexiones neuronales”

Para el filósofo Daniel Dennet la mente es solo una máquina formada por los “robots” minúsculos que son las neuronas. La conciencia es real, pero tan real como lo puede ser la pantalla de un móvil a la que creemos someter cuando pulsamos sus iconos y pensamos que dominamos su hardware, pero en el fondo tan solo contribuimos a la actividad interna del propio móvil. Es lo que los expertos denominan la “ilusión del usuario”.

El ser humano cree que la conciencia es importante, pero tan solo es la “ilusión” del usuario del cerebro. Para estos teóricos, sería compatible la llegada de una tecnología que pudiera replicar la conciencia humana, pues todo es cuestión de desentrañar todos los secretos del cerebro que es la clave. La conciencia no encierra nada “sobrenatural” que no pueda ser replicado.

En contra del fisicalismo, el filósofo David Chalmers propuso un experimento mental denominado “zombi filosófico”. En esta ocasión, el zombi tiene el mismo aspecto que un ser humano, es decir, no es como lo pintan en las películas, ya que no se les va cayendo la piel putrefacta ni nada de eso, pero carecen de conciencia. No poseen qualia, concepto que ya vimos en la entrada “El misterio de los qualia”. Si algún humano intentara hacerles daño, al estilo “The Walking Dead” es muy posible que gritaran y si resistieran con un gesto de dolor, pero no tendrían una experiencia subjetiva de dolor real, reaccionarían así tal vez porque así lo hacen quienes sienten dolor de verdad, una costumbre, pero por dentro estarían «muertos».

No sería como «The Walking Dead», no

Chalmers compone un mundo zombi completamente indistinguible del mundo humano, pero donde sus habitantes no pueden desarrollar conciencia ya que no son capaces de sentir. Con este experimento intenta demostrar que la conciencia no se puede reducir a lo material, ni hacer un paralelismo entre el funcionamiento de la mente y del cerebro, de ser así el mundo estaría lleno de “zombis”. Con la explicación física podemos entender la estructura y determinadas funciones cerebrales, pero no por qué éstas dan origen a la conciencia. Su postura se ubica en el dualismo de propiedades que defiende que, aunque la conciencia existe en el mundo físico, las experiencias conscientes o subjetivas existen en un plano diferente.

¿Significa por ello que no podemos llegar a tener nunca un conocimiento completo de la realidad? 

No necesariamente, puede que la solución se encuentre en una nueva teoría física, en unas posibles leyes psicofísicas, aún por descubrir.

Esto no acaba aquí, sígueme a la segunda parte

Referencias:

-«Del problema mente-cuerpo al problema mente-cerebro». Pascual F. Martinez-Freire. Universidad de Málaga

La ciencia de la relación entre mente y cerebro

¿Es nuestra consciencia simplemente una ilusión?

Los zombis filosóficos: un experimento mental acerca de la consciencia

¿En qué consiste y para qué sirve un zombi filosófico?

El Misterio de los Qualia

4–6 minutos

Si el milagro de la vida nos parece fascinante, ya que de la materia inerte puede surgir un ser capaz de valerse por sí mismo, de multiplicarse, respirar y alimentarse, no menos misterioso es el fenómeno de la consciencia que surge de un cerebro repleto de conexiones neuronales que transforma su frenética actividad eléctrica en pensamientos y que es capaz de comprender la idea de sí mismo.

Ser consciente de uno mismo es esa sensación íntima que nos hace presente en el mundo y que podemos definir como nuestro propio Yo. El cómo puede surgir esta experiencia tan transcendental e intangible de un escenario tan mecánico y complejo como el cerebro es uno de los grandes misterios de la ciencia y la filosofía.

El cerebro es un órgano fascinante y enigmático. Todo cuanto hacemos en nuestra vida es posible gracias a él. Contiene cien mil millones de neuronas, tantas como estrellas tiene la Vía Láctea, que se encargan de recibir, procesar y transmitir la información mediante señales químicas y eléctricas. Este pequeño órgano, que apenas llega al kilo y medio, regula funciones vitales como la temperatura, la respiración o el sueño. Procesa e interpreta la información que recibe de la vista, el oído, el tacto, el gusto o el olfato y controla actividades como caminar, hablar o correr. 

¡¡¡Tantas neuronas como estrellas tiene la galaxia!!!

Sin embargo, ¿Qué sabemos de la mente?

A diferencia del cerebro no es un órgano que se pueda ver o tocar, ni contiene partes que se puedan clasificar, ni obedece a las leyes de la física. Ella hace posible nuestra conciencia y gracias a ella podemos percibir el mundo a nuestra manera, podemos imaginar, sentir y emocionarnos. Una de las características de nuestra consciencia son los qualia cuya explicación sigue siendo un misterio.

 ¿Pero qué es un qualia?

Imagina que observamos una mancha de sangre en el suelo, olemos a tierra mojada cuando empieza a llover, acariciamos a nuestro peludo gato, escuchamos el viento entre los árboles, saboreamos una tableta de chocolate… todas estas experiencias aportan qualia, es decir, sensaciones íntimas que no se pueden expresar con palabras porque no existe una descripción que pueda contener la sensación de dicha experiencia. Solo son posibles para la persona que los vive, por lo que no se puede acceder a ellos por terceras personas. Por ejemplo, nadie puede ver mi qualia rojo sangre, cada persona tendrá el suyo, pero nadie puede observarlo desde mi perspectiva interior, ni sentir lo que me hace sentir a mí, al menos que seas yo. La sensación que nos produce el color rojo sangre es diferente al que nos produce el color verde hierba lo que significa que cada experiencia de color aporta un qualia distinto.

¿Por qué los qualia son un misterio?

Los qualia parecen escapar a las explicaciones físicas. Esta idea fue defendida por el filósofo Frank Jackson mediante “El argumento del conocimiento” y para desarrollarlo propuso un experimento mental denominado “La habitación de Mary” que dice así:

Mary es una magnífica científica que vive encerrada en una habitación que está decorada completamente en blanco y negro: paredes, techo, muebles, cortinas, así como todo tipo de objetos que necesita para su día a día. Ella estudia el mundo a través de una pantalla también en blanco y negro. Pero curiosamente, su campo de investigación es la vista. Es experta en las frecuencias de ondas electromagnéticas del espectro visible y de la forma en que éstas son captadas por las células fotosensibles de los ojos y cómo son interpretadas por las células nerviosas dentro del cerebro. Sin embargo, paradójicamente nunca ha visto los colores de forma directa. Un día decide escapar de la habitación para ver el mundo. Si al hacerlo Mary descubre que los colores son algo nuevo para ella implicaría que la información física que posee sobre el color no es suficiente para tener una experiencia del color, tiene que verlo con sus propios ojos. Esto implica que el conocimiento físico, por sí solo, no puede explicar toda la información que aporta un qualia, es decir, que existe una parte de la realidad que no podría ser revelada tan solo estudiando su manifestación física. 

¿Descubrirá Mary los colores por primera vez?

Otras preguntas que podemos hacer sobre los qualia son:

¿Cómo sé que tú y yo vemos los colores de la misma forma? ¿Y si para ti el color rojo sangre fuera como para mí el color verde hierba? ¿Cómo podríamos saberlo si los qualia solo se experimentan en primera persona? 

Este es el argumento del «espectro invertido» y se remonta a John Locke. Si una persona desde su nacimiento experimenta los colores invertidos (sin tener ningún problema físico), pero cuando le enseñaron a nombrarlos aprendió que era rojo lo que él veía verde y viceversa, no tendría ningún problema en la vida y podría pasar completamente desapercibido, aunque experimentara el mundo de forma distinta al resto no se daría cuenta. Si esto fuera posible, sería un argumento más a favor de que la mente humana escapa a las explicaciones físicas.

Tanto para el “argumento del conocimiento” como para el “argumento del espectro invertido” existen un largo debate donde buena parte de la comunidad científica posee posturas enfrentadas, especialmente si proceden del reduccionismo materialista o el fisicalismo, como veremos en la siguiente entrada.

Referencias:

– “Experimento mental: María la supercientífica”. Sólo es ciencia

– “Qualia, Qualia, Qualia”. David Villena Saldaña. Escritura y Pensamiento. Nº39, 2016

– “Espectro invertido”. La máquina de von Neumann

Yo, Ameba II

La teoría de las “muchas mentes” fue posteriormente reformulada por el filósofo Michael Lockwood en 1996,  pero sin tener que recurrir a una explicación dualista.  Y lo hace de esta forma: Asociado a un ser existe una serie de puntos de vista conscientes distintos, a los que denomina “mentes” (con minúscula), cuando se produce una experiencia cuántica éstas se ramifican. Si en los “muchos mundos” de Everett existían muchos universos dentro de un multiverso, en la de “muchas mentes” éstas están dentro de un “multiverso” que se identifica con la “Mente” (en mayúscula).El hecho de sentir la “mente” como única lo explica como un producto de la memoria, que obliga a la conciencia a mirar hacia abajo, no pudiendo hacerlo de lado ni hacia arriba, hacia el futuro.
La importancia de la memoria era fundamental para el filósofo inglés Locke cuando, al hilo del problema de la identidad personal, defendía que somos la misma persona si somos conscientes de ser y haber sido. La identidad para Locke descansaba en un criterio psicológico. Esta idea la refleja en el ejemplo del “príncipe y el zapatero” donde imagina que si un príncipe muriera, pero la consciencia de su vida pasada se reencarnara en el cuerpo de un zapatero, ambos, príncipe y zapatero serían la misma persona. Por el contrario, si el alma se reencarnara en otro ser humano, pero sin llevar la consciencia de su vida pasada, entonces serían personas diferentes, pues es la memoria es el elemento que las unifica.
Pero, para Lockwood, la “Mente” (en mayúscula) es mucho más compleja y consciente que la “mente“ (en minúscula). Como ejemplo se la puede comparar como un objeto tridimensional que proyecta sombras en 2 dimensiones. Estas sombras equivalen a la realidad que percibimos, pero la Mente es consciente de todas las realidades y de otros mundos y otros tiempos a la vez. La auténtica realidad, la superposición de posibilidades que se producen en una medición cuántica, es demasiado compleja para que la podamos entender, y sólo percibimos una parte de esa superposición borrosa, como la sombra de un elemento complejo. Pero una sombra por sí sola no contiene toda la información, todas ellas juntas nos dan cuenta de una idea de la realidad muy superior. Esto es muy similar al «mito de la caverna» de Platón.
¿Os imagináis las consecuencias de esta idea?
Si en los mundos de Everett, tras la observación se experimenta cada posibilidad en un universo distinto, aquí cada mundo está dentro de nosotros mismos, en una “supermente”, y en ella se recogen todas esas experiencias, por lo que todas las posibilidades forman parte de lo que somos, aunque no seamos conscientes de ello. Por tanto, si preguntamos ¿Cuál de esas “mentes” (observadores) soy yo? Lockwood nos dice que nos convertiremos en todos ellos y por tanto no tiene sentido la pregunta. El debate sobre la identidad personal no acaba aquí, de hecho se complica bastante. Por ejemplo, para el filósofo británico Derek Parfit, la identidad personal no importa. Un inquietante tema que abordaremos en una próxima entrada.
Referencias:
Many Mind. Yoav Aviram – How We Came to Know the Cosmos: Light & Matter. Helen Klus – Personal Identity- WikipediaYour many minds and your Mind in the MIND. Giulio PriscoShadows and the concept of self. Giulio Prisco

Yo, Ameba I

¿Te imaginas vivir en un mundo donde, cada vez que tomas una decisión, te dividieras en dos y la otra parte de ti decidiera hacer lo contrario?
¿y si siguieras conectado a ese otro tú?
 
¡¡¡Uff, qué sensación tan extraña sería!!!
En la teoría de los “Muchos Mundos” de Everett, a la que nos referimos en la entrada “La Historia Interminable II” comentábamos que, cada vez que se produce una observación cuántica, el sujeto implicado experimenta cada posibilidad a la que de lugar dicha observación, en un universo diferente. Aquí, no hay colapso de onda, los observadores son parte del sistema cuántico, enredándose con él de tal forma que no se puede definir el uno sin el otro. Se encuentran, por tanto, en superposición con ellos mismos, aunque en diferentes universos.
Así, si aplicáramos esta idea al experimento del gato de Schrödinger, y fuese yo quien abriera la caja, observaría un gato vivo y un gato muerto, dependiendo del universo donde me encontrara, pero sólo sería consciente de una de las dos posibilidades. Pero, el hecho de que los observadores estén en superposición consigo mismos plantea un gran problema, porque… ¿Cuál de ellos seríamos?
 
Bienvenidos al misterio de la identidad personal o, en otras palabra, cómo contestar a la vieja pregunta… ¿Quién soy yo?
El propio Everett  fue consciente de este problema a raíz de su teoría, haciendo la siguiente analogía sobre la identidad :
La identidad personal se podría definir como aquello nos hace ser lo que somos, aquello que nos hace ser la misma persona en dos momentos de tiempo diferente, aunque todo lo demás cambie. Algunas teorías defienden que poseer una existencia corporal continua es condición suficiente para que la persona sea la misma en el tiempo, pues el ser humano es un organismo biológico y no hace falta una relación psicológica para su continuidad. Pero esta idea no deja de tener situaciones que la ponen en duda, y es que incluso los objetos inanimados pueden no cumplir esta condición. Si queréis ver un ejemplo os invito a que leáis una paradoja muy curiosa denominada “La nave de Teseo” donde se plantea esta idea. Pero incluso la propia persona se va transformando con el tiempo y deja de existir una continuidad física. De hecho, según los científicos, el cuerpo humano se reemplaza completamente con nuevas células cada 7 a 10 años.
Otra perspectiva considera que, es la mente lo que nos hace ser lo que somos, entendiendo ésta como una sustancia inmaterial independiente del cuerpo. Su persistencia en el tiempo, aunque todo cambie, sería una forma de describir la identidad. Pero volvamos a la física cuántica. Para superar la extraña idea de que los observadores pudieran estar en superposición consigo mismos, surge una nueva interpretación muy similar a la de los “muchos mundos” denominada “Muchas Mentes”.
Fue introducida en 1970, por H.Dieter Zeh; y por los filósofos David Albert y Barry Loewer en 1988. En esta teoría no es el universo el que se ramifica, sino la mente. Cuando ocurre un suceso cuántico, los ojos, el cuerpo y el cerebro de la persona están en un estado indefinido observando todas las posibilidades al mismo tiempo, pero la mente no lo está y elige aleatoriamente uno de los resultados. Para que esto sea posible, cada cerebro debe tener asociadas una infinidad de mentes para que se puedan distribuir según la regla de Born.
La posibilidad de que se experimente una mente depende de su mayor probabilidad en el estado cuántico. Aunque esas mentes comparten un mismo pasado, cada una experimenta un presente y un futuro diferente, sin posibilidad de comunicarse entre sí. Esta interpretación se basa en una teoría dualista de la mente, ya que considera mente y cuerpo cosas distintas e independientes entre sí. Esto se conoce como dualismo radical y nos lo puede describir Descartes:
(Sígueme a la segunda parte)
Referencias:Many Mind. Yoav Aviram How We Came to Know the Cosmos: Light & Matter. Helen Klus – Personal Identity- Wikipedia

La Ilusión Persistente III

5–7 minutos


Continuamos con esta serie sobre la naturaleza del tiempo, introduciendo una perspectiva que viene a completar las dos anteriores. Recordemos que para el Presentismo lo único real es el presente, mientras que para el Eternalismo, también son reales el pasado y el futuro. Pues bien, para esta nueva perspectiva sobre el tiempo, el pasado es real, pero el futuro no lo es. Hablamos del Posibilismo. POSIBILISMO

 Pero… ¿por qué el futuro no?

Porque el Posibilismo lo entiende como algo que está cambiando constantemente, más bien como una posibilidad o un pronóstico y no como algo tangible e inamovible.

Tanto el Posibilismo como el Eternalismo entienden el universo como un tejido espacio-temporal, pero para éste último el tiempo no fluye, es tan solo una dirección dentro de un bloque estático, mientras que para el Posibilismo si existe movimiento. Por tanto, ya no estamos ante un bloque rígido, pues cada instante de tiempo añade una rebanada espacio-temporal al universo, haciéndolo crecer hacia el futuro. De ahí que también se denomine “growing universe” (universo creciente).

Para entender esta idea, podemos imaginarnos el universo como una habitación iluminada por una persona que lleva una linterna. El presente equivaldría al límite del haz de luz que separa la zona iluminada de la zona oscura. A medida que la persona avanza hacia el interior de la habitación se va agrandando el haz de luz al añadir más zonas visibles, es decir, más realidad. Pero, el tiempo aquí fluye para todos sus habitantes al mismo tiempo, es universal, porque el haz de luz los ilumina todos a la vez, al contrario de la teoría de la relatividad de Einstein donde los “ahoras” dependen del observador y su marco de referencia.

El posibilismo se asemejaría más a la mecánica cuántica porque ésta interpreta un suceso futuro como una probabilidad y no como una certeza incuestionable.

Como hemos dicho, en esta perspectiva sobre el tiempo, el pasado tiene existencia real, por lo que podríamos viajar a él sin problemas, sin embargo, una vez allí, ¿cómo se regresaría al presente del cual se parte si no existe el futuro? No podríamos volver de forma instantánea porque éste ya no existiría (pues, el futuro no existe) y si lo pudiéramos alcanzar con el paso del tiempo, dicho “presente” ya no sería igual al que se recuerda, puesto que la irrupción en el pasado lo habría cambiado. Por ejemplo, imaginad que al viajar al pasado decidís no aceptar el trabajo que actualmente tenéis, al volver al presente por el paso del tiempo, ya nada sería igual a como lo recordáis. Vuestra vida podría ser muy diferente dependiendo de alterar una decisión del pasado.

Recordad que en eternalismo no se podría producir ningún cambio al viajar al pasado porque la propia historia ya recogía la visita del viajero como un hecho acontecido e inamovible. Pero aquí si se puede cambiar. Entonces la pregunta que surge es

¿Qué pasa con todo lo sucedido en el universo en los años que separan el anterior presente y el instante en el que el viajero del tiempo llegó al pasado?

Podríamos responder a esta pregunta de dos maneras:


INTERPRETACION 1:

Según el filósofo estadounidense Peter van Inwagen, al viajar al pasado hacemos retroceder el presente en dicho viaje, es como si el haz de luz se encogiera hasta el instante del salto temporal, por tanto, todo lo acontecido entre el presente del cual se parte y el momento del pasado a donde se llega dejaría de existir.

¡Cómo para permitir que alguien lo intente! ¿Qué sería de quienes nos quedamos aquí? Desaparecería nuestra propia historia.

  ¡Dios mío! ¡Vamos a morir todos!

Hay otra teoría que vendría al rescate en esta situación y de la que ya hablamos en la entrada «La historia interminable II»: la de los “muchos mundos” de Everett. Recordemos que en ella, cuando se realiza una medición cuántica obtenemos un universo completo por cada una de las posibilidades de la onda de probabilidad. Así pues, existiría un universo donde acepto el trabajo que me ofrecen (siguiendo el ejemplo anterior) y otro en el que no. De esta forma, todo sigue existiendo en la rama a la que cada evento pertenece, sin temor alguno a desaparecer de golpe. El tiempo no sería lineal, sino que estaría bifurcándose constantemente. Así pues, en los “muchos mundos” no cambiamos el pasado, pues todo cuanto probabilísticamente puede pasar, pasa, en una de esas bifurcaciones.

Todo lo que puede suceder está detrás de una puerta


INTERPRETACIÓN 2:

Si se entiende el haz de luz del presente como algo que no puede retroceder en el tiempo, y se interpreta el pasado como lo hace el Eternalismo, es decir, como un bloque fijo que no puede cambiarse, el viajero podría volver al presente de un “salto” sin alterar nada del pasado ni del presente.

La única diferencia aquí con el Eternalismo, es que el viajero tendría como límite para viajar hacia el futuro el propio haz de luz del presente, porque todo lo que exceda de allí se refiere a un futuro que todavía no existe. La consecuencia de esta perspectiva es que el viajero sabría que el presente “auténtico” es el que él dejó atrás, y no el que perciben las personas con las que se encuentra en el pasado, aunque para ellos si lo sea. Y esto, nos hace pensar que también nosotros podríamos estar siendo visitados por hipotéticos seres del futuro…
¿Cómo podemos estar seguros de que nuestro “pretendido auténtico presente” no es tan sólo parte del pasado de dichos seres?  ¿Cómo podríamos saberlo? 

No podemos.

Documento histórico verídico

Así pues, si quisiéramos escribir una historia sobre viaje en el tiempo desde el punto de vista del posibilismo, tendríamos que ver qué interpretación del mismo vamos a adoptar para crear un argumento u otro. 

Si estamos en la primera interpretación donde el haz de luz retrocede con el viajero, podríamos cambiar el futuro, pero olvidaros de regresar al presente de un salto para ver los resultados. Lo siento, Marty.
Si estamos en la segunda, podríamos volver de un salto, pero olvídate Mcfly de cambiar nada de lo sucedido
     

Así no, Marty

Así, son las cosas en el posibilismo.

Como quiera que sea, algo bueno tiene esta perspectiva sobre el tiempo, y es que al dejar el futuro abierto…nada está escrito.

Referencias

– The Nature and Existence of Time

– I Tensed the Laws and the Laws Won: Non-Eternalist Humeanism

– Las paradojas temporales y el Ministerio del Tiempo

La Ilusión Persistente II

5–8 minutos

En la entrada anterior comentamos que para los presentistas el “ahora” era el único momento con existencia real y, por tanto, consideraban el tiempo como algo absoluto donde el presente sucedía a la vez en todos los lugares. Esto es algo que aceptamos de buen grado porque así observamos la realidad de forma cotidiana y así era como se concebía el tiempo en la época de Newton.

Pero… ¿y si los “ahoras” no sucedieran siempre al mismo tiempo? ¿Y si mi ahora y el tuyo no fueran simultáneos? Entonces sería difícil seguir creyendo que tan sólo existe el presente.

Esto es lo que ocurre en la Teoría de la Relatividad Especial de Einstein donde un mismo fenómeno se puede producir en distintos “ahoras” según el sistema de referencia desde donde los observemos, ya que, cada uno de ellos posee su “tiempo propio”.  Si quieres recordar este fenómeno puedes ir a la entrada: La paradoja de Einstein-TARDIS II, cap 1 . Existe una corriente filosófica sobre la naturaleza del tiempo que afirma que no sólo el presente es real, sino que también lo es, y con la misma contundencia, el pasado y el futuro. Esta postura se denomina ETERNALISMO

El eternalismo considera el universo como un bloque, de ahí que también se denomine “Block Time” o “universo bloque”. Podemos imaginarlo como un libro, todo lo que existe está escrito y lo que no existe no lo está, no se produce creación alguna, todo permanece estático, al contrario que en el presentismo donde existía constante cambio. Esta concepción del tiempo es la ideal para que el fenómeno de la relatividad de lo simultáneo sea posible.

Einstein entendía el universo como un tejido de cuatro dimensiones, esto es, las tres dimensiones que conocemos más la del tiempo, porque si queremos situar un suceso no nos basta con saber dónde, también necesitamos saber cuándo. Pero además, para Einstein tiempo y espacio eran dimensiones intercambiables entre sí por ser de la misma naturaleza, es decir, que el tiempo no es algo que fluya sino que está quieto como el espacio, de esta forma, que un evento se encuentre en el pasado o en el futuro, depende del punto de referencia desde donde lo observemos, son como “direcciones”. Lo que sucede es que es difícil imaginarse una cuarta dimensión, no es algo intuitivo, sería como pedirle a  un ser de dos dimensiones que crea en la existencia de una esfera. 

El motivo por el cuál no podemos interactuar con sucesos del pasado no es porque no existan sino porque no compartimos instantes comunes en la dimensión temporal. Así pues, yo existo en mi “ahora” y Napoleón también, pero en el suyo. Aunque el fluir del tiempo sea sólo una ilusión ¿por qué va en un sentido y no en otro? Si hay algo que no deja claro el eternalismo es 

¿Por qué no recordamos el futuro en lugar del pasado?

Si el presentismo estaba representado por las ideas de Heráclito, los filósofos de la antigüedad que se asemejan mejor a esta idea del tiempo son Parménides y Platón

La tremenda consecuencia que se deduce de esta concepción del tiempo es que todo está determinado, escrito, que nada puede cambiarse, pero entonces surge esa duda que siempre ha acompañado a la humanidad ¿existe el libre albedrío? ¿somos meros actores representando el guion de una vida definida antes de que naciéramos? (Si quieres saber más sobre este tema pásate por la entrada «La libertad encadenada


Y ahora queda por preguntarnos… si quisiéramos hacer un argumento sobre viajes en el tiempo aceptando la idea del eternalismo ¿Qué posibilidades tendríamos? Pues sería posible movernos en todas las direcciones, podríamos saltar a un punto cualquiera del futuro o del pasado porque ambos existirían. Claro que… al margen de resolver el pequeño detalle técnico de viajar en el tiempo (Curvas de tiempo cerrada CTC, agujeros de gusano… algo que veremos en otra entrada, también) el salto al pasado conlleva, además, solventar una nueva amenaza: 

LAS PARADOJAS

Una concepción del tiempo donde todo está determinado implica que ningún hecho acontecido puede cambiarse, entonces aquí nos encontramos con un escollo, pues si bien el eternalismo nos permitiría viajar al pasado, nos impediría por otro lado, cambiar nada… pero…

¿Cómo podría evitarlo?

Una forma podría ser que, en dicho pasado, ya estuviera recogida la visita del viajero, como si “adivinara” lo que iba a hacer y lo registrara en su “argumento”.  Pero, esto podría dar lugar a situaciones un tanto inexplicables, por ejemplo, veamos esta historia…

La respuesta del eternalismo sería… – «no importa, así está escrito» -, sí pero… ¿De donde salió el amuleto?  ¿Cómo se llegó a fabricar si este objeto nunca tuvo un origen? A esta situación se la denomina “bucle causal”

¿Qué quiere decir esto? 

Si a toda causa le sigue su efecto, aquí causa y efecto se confunden debido a que el bucle nos lleva al mismo instante en el que se produce la causa. Si la causa es que la mujer le entrega a la niña el amuleto, el efecto es que la mujer lo tiene porque ella misma se lo entregó cuando era niña,  ¿extraño no? 
Otra situación compleja que se suele plantear en relación con el viaje al pasado es la “Paradoja del Abuelo” que vendría a ser algo como este ejemplo:

Leonard Asimov fue el primer físico capaz de desarrollar con éxito un prototipo de nave para viajar al pasado. Su primera experiencia con ella fue visitar a su abuelo siendo joven, antes de que  hubiera conocido a su abuela. Al encontrarse con él decide contarle que es su nieto y que viene del futuro, pero su abuelo no resiste la impresión y se muere. 

En este caso nos encontramos con un efecto sin causa. Leonard Asimov existe porque su abuelo tuvo a su padre y éste a él, pero al morir su abuelo sin tener descendencia, Leonard no puede existir,  entonces…

El abuelo de Leonard no resiste la impresión

¿Cómo pudo viajar al pasado? Esta situación planteada desde el eternalismo no puede producirse, pues supondría una alteración de los hechos sucedidos en el pasado, ¿Cómo puede entenderse? Pues simplemente diciendo, que Leonard Asimov no mató a su abuelo, después de todo, puesto que nació.

El físico Igor Novikov planteó el “Principio de autoconsistencia” para resolver este tipo de paradojas llegando a la conclusión de que si un evento pudiera provocar una situación como la del ejemplo, la probabilidad de ese evento sería cero. Se podrían dar otras circunstancias, similares a las de un bucle causal que vimos antes, pero no del tipo de la “paradoja del abuelo“ porque no es consistente. Así pues, no habría ningún miedo a que una persona viajara al pasado y terminara impidiendo su propio nacimiento.

A Stephen Hawking le horrorizaban tanto estas paradojas que llegó a plantear la “Conjetura de la protección cronológica” pensando que las mismas leyes de la físicas tendrían que impedir necesariamente dichos viajes a escala macroscópica, pues sería un tanto extraño tener que estar continuamente reescribiendo la Historia. A pesar de todo, hasta hoy en día no se conoce que esto sea así. 

Bueno, vamos a resumir lo que se puede y no se puede hacer desde el eternalismo para escribir un argumento sobre viaje en el tiempo:

Así pues, si estáis pensando escribir una historia sobre viaje en el tiempo que implique cambiar el pasado, recordad, el eternalismo NO os lo permite. Pero, todavía nos queda explorar otra perspectiva sobre la naturaleza del tiempo… y quién sabe qué nos podrá dejar hacer…

Sígueme a la tercera parte


Referencias:

– El Tejido del Cosmos. Brian Greene
– Análisis de las paradojas del viaje en el tiempo
– El tiempo en el Ministerio del Tiempo

La Ilusión Persistente I

4–6 minutos

¿Desaparece el tiempo cuando deja de ser presente? ¿se desintegra como el papel cuando le prendemos fuego o permanece congelado en algún lugar esperando a que lo revivamos? O mejor aún… ¿existe un tiempo futuro que nos atrae irremediablemente sin que podamos cambiarlo? ¿acaso, existimos ya en él? Estas preguntas y muchas más son tan antiguas como el ser humano y, a pesar del “tiempo” que ha transcurrido para encontrar las respuestas, tan sólo hemos conseguido aumentar nuestras dudas sobre este desafiante misterio. 

Porque no todo el mundo se pone de acuerdo sobre la cuestión más básica…

Y si no sabes esto… ¿cómo entender qué es el presente, el pasado y el futuro? 

No sé si os pasa, pero a mí me enredan mucho las novelas sobre viajes en el tiempo, pues suelen llegar a conclusiones muy extrañas. Y es que,  si tratar este tema es de por sí complejo, hacerlo sin el respaldo de algún criterio filosófico conduce a argumentos un tanto absurdos.

Así pues, sed bienvenidos a la FILOSOFÍA DEL TIEMPO 
Bueno, tampoco es cuestión de lanzarse al abismo, tan sólo sobrevolarlo para apreciar las tres formas de vista distinta que existe de entender su naturaleza.
Hablemos, entonces, del PRESENTEEl presente es ese instante donde somos conscientes de nosotros mismos y de nuestra relación con el mundo, es muy real y está lleno de vida. Pero, es tremendamente fugaz e imposible de atrapar, como si quisiéramos retener agua entre las manos. Si el pasado fue, pero ya no existe y el futuro será, pero no existe todavía, entonces, lo único que existe es el presente. Esta forma de interpretar el tiempo se conoce como PRESENTISMO. Para esta perspectiva los únicos eventos y objetos que existen son los que suceden ahora mismo. Así pues, yo existo, pero Napoleón no. El primer filósofo del presentismo fue Heráclito quien consideraba cada “ahora” como algo único. Para él, la naturaleza estaba sometida a cambio, a devenir, por tanto, no se podía definir nada en ella porque de forma inmediata dejaba de ser lo que era para ser otra cosa. 

“Al mismo río entras y no entras, pues eres y no eres”.




http://wordpress.danieltubau.com/un-chiste-de-epicarmo/

Y es que el presente exige una renovación constante de todo cuanto existe,  transformación, movimiento, pues de no ser así no existiría flujo de tiempo. Una semilla ayer es un árbol hoy, la noche sigue al día… Ayer, hoy y mañana es el lenguaje de los presentistas

Otro filósofo importante de esta perspectiva fue San Agustín de Hipona quien no creía en la existencia del pasado ni del futuro porque ninguno de los dos existían en el ahora, tan sólo hablaba de un pasado como “presente de cosas pasadas”, en referencia a la memoria; de un “presente de cosas presentes”, que él llamaba “visión”, y de un “presente de cosas futuras” que equivaldría a la expectativa. Es decir, pasado y presente tan sólo existirían en nuestra alma, mientras que el presente si tendría forma objetiva, sería “el filo de navaja entre el pasado y el futuro”.

El presente, pues, es lo único real, pero surge un problema…

¿Cuánto dura el presente? 

Para responder a esta pregunta San Agustín considera cien años y observa que no pueden estar todos presentes a la vez, pues si vivimos en el año primero los noventa y nueve restantes estarían por venir, y si vivimos el segundo serán noventa y ocho los que queden y uno será pasado y así sucesivamente. Y esto mismo serviría para un solo año, pues si estamos en enero el resto de los meses estarían por venir también, y sigue fragmentando el tiempo al día, la hora… hasta que llega a la conclusión de que sólo un instante indivisible de tiempo puede llamarse presente, por lo que no tendría duración, así pues no podría medirse. Y aquí entraríamos en otra característica del presentismo, pues para esta perspectiva el tiempo es independiente del espacio y no posee su misma naturaleza, porque éste tiene tres dimensiones y podemos movernos por el él y saltar en él, mientras que el tiempo, al carecer de pasado y futuro, equivaldría a un punto, sin extensión, limitado sólo al presente. 

Además, para el presentista el presente se entiende de forma absoluta, no existe uno distinto para cada observador, por lo que esta perspectiva es incompatible con la relatividad de Einstein (pero, eso lo vemos en la próxima entrega).También tiene problemas a la hora de demostrar el flujo de tiempo, porque al no creer en la la existencia de los eventos pasados ni futuros ¿Cómo pasa el tiempo? Y si el tiempo fluye tiene entonces que moverse respecto a algo, pero ¿respecto a qué se mueve? Incluso debe ir a una velocidad ¿Cuál? ¿un segundo por segundo? ¿Extraño, no? ¿Quién sabe? Lo que si sé, es que para escribir un relato sobre viajes en el tiempo desde la perspectiva del presentismo, no te quedará otra que pensar un argumento con dirección exclusivamente hacia el futuro (pues recordemos que no existe el pasado) buscando como “congelar” tus constantes vitales porque tendrías que vivir todo el tiempo intermedio que te separa de tu objetivo. 

Alien, El Octavo Pasajero

Imposible programar una máquina para viajar a un punto determinado del futuro, porque éste no existirá hasta que no lo alcances con el presente, aquí no valen atajos.

Para terminar esta primera parte, os dejo una escena de la miniserie «Los Langoliers» basada en un relato de Stephen King donde unas terribles bolas dentadas se encargan de «devorar» la realidad cuando ésta se convierte en pasado… «pedazo» de imaginación la del autor, escalofriante

Sígueme a la segunda parte

Referencias:

El concepto de tiempo según San Agustín. Ronald Suter

La cosmología del siglo XXI. J. Arana, I. Trujillo y otros

https://es.wikipedia.org/wiki/Presentismo

La Paradoja Einstein-TARDIS II Cap.3

De vuelta en la TARDIS, Albert se sentía aturdido. Sacó el amuleto del bolsillo y se quedó mirando cómo un rayo de luz se reflejaba en él. Durante un rato jugó a dirigirlo hacia varios lugares de la nave, incluso a la cara del Doctor que, en ese instante, introducía nuevas coordenadas en la consola de dirección. Finalmente, lo proyectó sobre la palma de su mano intentado apoderarse de todos sus misterios

– Me gustaría correr a la velocidad de la luz – dijo Albert sin darse cuenta de que pensaba en voz alta- competir contra un rayo sobre una pista infinita…

– Tú no puedes viajar a la velocidad de la luz, ni yo, ni nadie…
– Bueno… quien sabe… puede que en el futuro…
– Yo lo sé. Recuerda que soy un Señor del Tiempo, conozco el futuro y te puedo asegurar que jamás nadie, ni nada que tenga masa, logrará alcanzar la velocidad de la luz
– ¿Por qué no? Todo dependería de conseguir una energía suficiente grande para que un cuerpo llegara a acelerar hasta esa velocidad
– Pero existe un pequeño inconveniente. Desde la época de Newton se utiliza la clásica fórmula de la energía cinética, ¿sabes qué es la energía cinética?
– Claro, es la energía asociada al movimiento, depende de su masa y velocidad
– Exacto, la masa de un cuerpo tiende a seguir en reposo o en movimiento mientras no se le aplique una fuerza que cambie esta circunstancia, para provocar este cambio hay que agregar más energía, de esta forma la masa tendrá una nueva velocidad y energía asociada a su movimiento. El problema es que cuando se quiera conseguir una velocidad muy alta esta proporción fallará porque arrojará resultados que violarán el límite de la velocidad de la luz, por lo que no podrá usarse. Por cierto, imagino que a estas alturas habrás deducido que, al igual que el tiempo y el espacio, la masa también es relativa y depende del sistema de referencia, a más velocidad mayor será la masa de un cuerpo…
– Entonces el Orient Express se habría visto como un monstruo de grande- protestó Albert
– No, no es ese concepto de masa. La cantidad de materia que hay en un objeto no varía con la velocidad, no crece su número de átomos ni nada de eso. Me refiero a la resistencia de un objeto a ser acelerado, cuanto más velocidad mayor será su resistencia
– Ahora entiendo
– Por tanto, será necesario tener en cuenta los efectos de la relatividad para calcular la energía y cuando esto suceda…- el Doctor hizo una pausa dramática
– ¿Qué?
– Que se averiguará que un cuerpo que pretenda ser acelerado hasta alcanzar la velocidad de la luz requerirá una energía infinita;  de ahí ese pequeño detalle de ser algo imposible, por otro lado, la masa crecerá de manera infinita para que aumente la energía, lo que también es imposible- En ese momento, las luces de la TARDIS se apagaron y en el aire se materializó de forma holográfica la expresión:

que comenzó a girar sobre sí misma produciendo destellos. Albert estaba realmente impresionado, el Doctor continuó:

– Al final, se llegará a deducir esta fórmula- dijo señalándola- Ella nos dice que la energía de un objeto en reposo es igual a su masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado y de ella se desprende que masa y energía son equivalentes, dos manifestaciones de un mismo fenómeno
– Sería como decir que podríamos transformar la masa en energía y la energía en masa
– De hecho, una pequeñísima cantidad de masa se puede convertir en una enorme cantidad de energía porque al estar implicada la velocidad de la luz al cuadrado, el resultado son muchos, pero que muchos ceros. Este tipo de proceso es el que sucede en el interior de las estrellas mediante reacciones nucleares, pero también se realizará de forma artificial
– Grandes cosas se podrían hacer en el futuro con este descubrimiento
– No lo dudo, pero también peligrosas y terribles. El uso de esta fórmula conducirá a los científicos a querer extraer una enorme cantidad de energía rompiendo el núcleo de los átomos y comprenderán que estarán ante un arma muy poderosa. Cuando los seres humanos se encuentran en guerra, es muy tentador aferrarse a algo que puede hacerles vencer, sin reparar en las consecuencias. Algún día, tus conocimientos se pondrán al servicio de esta necesidad sin que lo puedas evitar, pero piensa esto Albert: Nada justifica el asesinato de miles de personas. Lo peor que le puede pasar a la humanidad es que el fruto del conocimiento científico caiga en manos de políticos sin escrúpulos. Así que, si algún día te sientes tentado… espero que recuerdes esto- entonces el Doctor invitó a Albert a asomarse a la puerta de la TARDIS y éste pudo ver un  impactante hongo en el cielo en algún lugar de la Tierra, entonces, el vértigo inundó su mente, mientras el doctor comentaba:
– Esa nube llevará a la tumba a miles de personas y a generaciones futuras, contaminará el agua y la tierra por mucho tiempo. Nada justifica esto, Albert, nada…- y escuchando el eco de sus palabras terminó por caer en un profundo sueño.
                                                                          ***
– ¡Eh, chico! ¡Despierta! ¿Qué haces aquí tan tarde?- le preguntó un gendarme mientras intentaba reanimarle mediante desagradables palmaditas en la cara
– No sé, había una nube de polvo gigante…
– Bueno, supongo que la que habrás levantado al caerte por ese terraplén- dijo señalando el desnivel que quedaba a su espalda- debes tener más cuidado y no adentrarte por lugares abandonados. Menos mal que al ver la puerta del solar abierta, hemos entrado a investigar, ahora te llevaremos a tu casa.
Albert se levantó aturdido, su mente era un vórtice de ideas que empezaban a escapar de su recuerdo, ya no sabía diferenciar el sueño de la realidad. Notó que en su mano sostenía el amuleto y observó cómo la luna lo hacía brillar, entonces pensó: “Aún poseo la llave del universo”