Libre albedrío

La Libertad Encadenada I

5–7 minutos

¿Te has planteado alguna vez si eres realmente libre? ¿Si todo cuanto deseas, decides o haces es producto únicamente de tu voluntad? En otras palabras…

¿Existe el libre albedrío?

Nos encontramos, de nuevo, ante un legendario debate filosófico con muchos siglos de historia y crucial para la filosofía y la ciencia.


¿Pero, qué es el libre albedrío?

El libre albedrío es poder elegir y tomar decisiones guiados por nuestra propia voluntad. Esta definición no es para nada “inofensiva” porque no sabemos si cuando elegimos lo hacemos realmente guiados por ella, aunque nos parezca que sí, que lo hacemos.
Como en todos los debates, existen varias posturas respecto a su existencia, la división más importante se produce entre el compatibilismo y el incompatibilismo. Este último defiende que el libre albedrío y el determinismo no pueden existir al mismo tiempo, si existe uno no puede existir el otro.
El determinismo considera que todo lo que sucederá será inevitable, que solo existe un futuro y que no se puede hacer nada para cambiar aquello que se decide o se hace. Esto lo hemos visto en la entrada La Ilusión Persistente II cuando hablábamos sobre el eternalismo y la visión del universo como un libro donde todo lo que está escrito es lo que existe y conduce necesariamente a un único final.


Para los deterministas basta con las leyes de la física y la química para justificar el funcionamiento del cerebro, así como, sus propiedades superiores incluidos el libre albedrío o la consciencia, aunque todavía no se pueda saber cómo.
El neurólogo Benjamin Libet realizó un experimento en los años ochenta para conocer cuánto tiempo tardaba en producirse el movimiento de un dedo desde que se tiene el deseo consciente de moverlo. Para ello, tuvo en cuenta que antes de dicho movimiento tiene lugar en el cerebro una actividad eléctrica detectable denominada “potencial de disposición” que se empieza a producir 550 milisengundos antes y que puede medirse con electrodos. El experimento le permitió averiguar que la decisión consciente de mover un dedo se producía sólo 200 milisegundos antes, es decir, 350 milisegundos después de comenzar el “potencial de disposición”, lo que parecía indicar que el cerebro había tomado la decisión de mover el dedo por su cuenta, antes de que nosotros decidiéramos hacerlo.

¿Dónde deja este experimento la existencia del libre albedrío si ni siquiera el mover un simple dedo es producto de nuestra verdadera voluntad?


Si el mundo fuera exclusivamente el resultado del cumplimiento de las leyes de la física clásica, no tendríamos libre albedrío. Esta idea la ilustró muy bien Laplace con su “demonio”, un personaje imaginario que conoce las propiedades iniciales de todos los átomos del universo de tal manera que aplicando las leyes de la naturaleza podría adivinar lo que sucederá en el futuro, incluso la actividad de los seres humanos.
Así pues, eligiéramos lo que eligiéramos estaríamos influidos por factores encadenados que se establecieron antes de que tomáramos una decisión como, por ejemplo, la genética, el entorno o la educación recibida. Y algo de determinista tiene la realidad cuando las leyes de la ciencia pueden explicar y predecir cómo se comportan desde las estrellas de una galaxia lejana hasta las bacterias en una charca cercana.


Sin embargo, creer en el determinismo plantea una problema filosófico ya que elimina la responsabilidad moral, puesto que una persona solo puede ser moralmente responsable de sus acciones si puede actuar de manera distinta a como lo hace. Pero, como para el determinismo todo está condicionado a determinados factores preestablecidos, la idea de poder actuar libremente es solo ilusoria.

Otro enfoque sobre el libre albedrío es el libertarismo que además de creer en su existencia, lo considera incompatible con el determinismo. Defiende que el futuro no está escrito y que para cada decisión que se tome existen distintas posibilidades. Esta idea es similar a la que vimos en La Ilusión Persistente III con respecto al posibilismo. Una manera de entender la naturaleza del tiempo que considera que el futuro es cambiante, que está por hacer. Para poder justificar la existencia del libre albedrío, algunos creen que la ciencia no puede explicar el mundo en su totalidad y otros piensan que el problema está en la ciencia newtoniana.

Y es que sucede que no todo se puede establecer de antemano. Como vimos en la entrada ¿Alguien ha visto un lindo gatito? en el mundo cuántico cuando los objetos no se observan se comportan conforme la ecuación de Schrördinger, existiendo en todos los estados cuánticos a la vez, pero cuando se observan sólo adoptan un único estado que depende del azar, es decir, que no está predeterminado, entonces…

¿Habría sitio en el mundo cuántico para el libre albedrío?

Eddington, Penrose, Eccles, Stapp, Zeilinger, entre otros, han defendido esta posibilidad.

Penrose considera que la consciencia de los seres humanos es en parte no-algorítmica, es decir, que no utiliza una secuencia de pasos definidos para su funcionamiento, por lo que no puede reproducirse en un ordenador. La explicación física para que actúe así se encuentra en el proceso de reducción de una superposición de estados cuánticos a uno solo mediante la “reducción objetiva” explicación que ya vimos en la entrada “¿Zombis o Fantasmas? II”. El neurofisiólogo John Eccles defiende una interpretación dualista donde mente y materia interactúan. Considera que las dendritas de las neuronas del neocórtex cerebral se agrupan en racimos denominados “dendrones” que terminan en un botón sináptico. Cada uno de ellos contiene una gran cantidad de vesículas con miles de neurotransmisores en su interior que son liberados cuando llega una señal eléctrica. La probabilidad de que suceda es del 25% y depende del indeterminismo cuántico. Eccles piensa que la mente puede cambiar esta probabilidad produciendo posibilidades alternativas y el “yo” podría gobernar los procesos relativos al control de las decisiones y la creación de intenciones.

Para el filósofo Ted Honderich no existe correlación entre la mecánica cuántica y el libre albedrío porque los sucesos cuánticos ocurren por azar por lo que no se puede hacer responsable a nadie de las decisiones que se tomen. Y es que, si el mundo cuántico nos muestra que los sucesos no dependen de causas predeterminadas, lo que quedaría entonces, sería el azar. Pero, si nuestras decisiones fuesen producto de la suerte¿se puede considerar que somos libres?

Sígueme a la segunda parte

Referencias:

La Libertad Encadenada II

4–6 minutos

Quienes argumentan en contra de los libertaristas exponen el “Argumento de la Suerte” que se podría versionar así:
Un juez tiene que decidir si enviar a un acusado a prisión preventiva o dejarlo en libertad. Tras reflexionar entre ambas opciones decide ponerlo en libertad. Si como los libertaristas opinan, para que la decisión del juez sea realmente libre no debe estar determinada, circunstancias como los rasgos de su carácter, sus valores morales y estados mentales deben ser las mismas en un mundo donde decide poner al acusado en libertad, y en otro donde decide enviarlo a prisión. Al no existir diferencia entre ambas situaciones, la decisión del juez es una cuestión de suerte o azar y, como éstos no pueden controlarse, la decisión que toma no es libre.
Sin embargo, los libertaristas pueden defenderse de este argumento considerando que la decisión del juez no es como lanzar una moneda al aire (que sería un verdadero suceso azaroso), porque en el caso de la moneda no se puede controlar si saldrá cara o cruz, pero en el caso del juez sí está en sus manos y en su control la decisión sobre el acusado.
Eccles recurre al dualismo para defenderse de argumento de la suerte, apelando a un yo consciente, espiritual y distinto al cerebro que sería quien tomara la libre decisión.


Mediando entre el libre albedrío y el determinismo se encuentra el compatibilismo, llamado así porque considera que ambos son compatibles entre sí, porque, aunque nuestras causas puedan estar determinadas, podemos ser libres. Es decir, aunque la herencia genética, la educación o el entorno influyan en nuestras decisiones, no es necesario controlar esas causas para ser libres.
Y es que, para que una acción sea libre no tiene que carecer de una causa, sino de coacción. Causalidad no es lo mismo que coacción. Si una acción está causada por nuestros deseos puede ser libre.


El compatibilismo tiene su origen en Aristóteles. Más tarde Tomás de Aquino defendió esta idea porque si las personas no pudieran actuar de forma distinta, el concepto del pecado sería inconsistente. El compatibilismo clásico se debe a pensadores como Hobbes o Hume. Sin embargo, esta postura se aproxima más a la libertad de acción que a la libertad de voluntad. Actuamos libremente cuando no tenemos obstáculos para realizar nuestros fines y propósitos, y tenemos voluntad libre cuando somos nosotros mismos quienes creamos esos fines y propósitos. Así, por ejemplo, cuando un drogadicto que no quiere serlo toma drogas, lo hace porque quiere hacerlo y, por tanto, según el compatibilismo clásico sería libre, sin embargo, no lo hace siguiendo su voluntad.
Refinando el compatibilismo clásico el filósofo Harry Frankfurt defiende que la voluntad libre es el poder actuar por un deseo con el que la persona se identifica y quiere actuar. Se trata de un deseo reflexivo no sobre la acción, sino sobre la voluntad. La persona quiere que el deseo de realizar algo sea el que le mueva a actuar por encima de otras inclinaciones.


Frankfurt sostiene además que, para que una persona sea moralmente responsable, no es necesario el haber tenido la oportunidad de haber actuado de otro modo. Esto se conoce como el principio de posibilidades alternativas (PPA)
Como expusimos en la primera entrada, el determinismo elimina la responsabilidad moral, puesto que una persona solo puede ser moralmente responsable de sus acciones si puede actuar de manera distinta a como lo hace. El PPA defiende que una persona solo podía haber hecho lo contrario si el determinismo es falso y, por tanto, solo es responsable de su acción si éste lo es.
Los compatibilistas piensan que una persona puede poseer libre albedrío incluso si el determinismo es verdadero. Veamos un ejemplo:


Jones quiere matar a Smith. Black es un neurocirujano que quiere que Jones lo haga y para asegurarse le ha implantado en el cerebro, sin que él lo sepa, un dispositivo que le permite acceder a su proceso de deliberación. Si Black advierte que la decisión que va a tomar Jones es de no matar a Smith, puede mediante un botón especial forzarle a cambiar de decisión y matarlo. Si, por el contrario, advierte que, si decide matarlo, no intervendrá. Al final, Jones delibera y decide por sus propios motivos matar a Smith.


Para Frankfurt, Jones tendrá la misma responsabilidad por haberlo matado que si Black no le hubiera puesto el dispositivo en el cerebro. Es irrazonable excusar a Jones apelando a que no pudo haber actuado de otro modo, puesto que esto no fue decisivo para que lo matara, por lo que considera que el PPA es falso.

Como se puede ver, el debate entre compatibilismo e incompatibilismo no está cerrado, por lo que la existencia del libre albedrío sigue siendo otro gran misterio por resolver.

Referencias:

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